La nave estelar descansa sobre la superficie yerma de la Luna. El silencio puebla de miedo un horizonte azulino. Un vacío transparente marca nítidos los contornos del cohete.
El hombre ha logrado su fantástica hazaña.
Lejos, Golo espera. Hace horas, humanas horas, que, silencioso, observa al extraño vehículo espacial.
Golo es un ser único, sus rasgos indescriptibles sugieren algo entre la verdad escueta y el cansancio total. Nada está de más en él. Golo es impávido, sereno, penetrante, solitario habitante del planeta muerto, último resultado de una generación superevolucionada.
De pronto decide. Sus líneas seguras y rápidas se mueven en dirección al intruso. Golo no es ni malo ni bueno. Ya no tiene para qué serlo. Pero algo lo impulsa hacia el objeto desconocido; algo en su cerebro le dice que esto tenía que suceder.
Ya cerca, nada se mueve, nada se percibe. Poco a poco, al poyarse en el metal fundido, su oído perfecto escucha la débil respiración jadeante y un "no sé qué" remoto, eliminado, doloroso, se en él. Allí hay vida, valor, necesidad.
En rápido deslizamiento sus dedos, si así pudieran llamarse, encuentran sencilla la inviolable cerradura. La puerta se abre rechinando.
Primero lo golpea el olor, el denso olor de allí dentro, y luego la tibieza que emana de la sangre caliente. Su mirada sin párpados, en la total oscuridad, ve, entre amarras metálicas, un cuerpo pequeño y peludo que se agita convulso y desde el cual dos ojos velados lo miran.
El animal comprende: la salvación está ahi. Gime suavemente. Los años de cautiverio de su especie, los siglos de domesticidad de su raza, le dicen que debe ser humilde. Débilmente estira sus patas, débilmente agita su cola. La lengua oscura y seca cuelga temblorosa de su hocico implorante.
Agua, piensa Golo, oxígeno. Se yergue, como un rayo, desparece para luego volver llevando algo así como un recipiente luminoso.
Sin miedo se acerca al animal y, con sus extrañas manos, le ayuda a beber agua, mientras ajusta a esa nariz seca y rugosa el oxígeno.
El animalito está demasiado exhausto para incorporarse, pero con supremo esfuerzo lame sorpresivamente la piel fría de Golo para darle las gracias, infinitas gracias.
Entonces, desgarrante, de lo profundo del recuerdo, de la raíz del ancestro suprimido, el amor comienza a germinar penetrando a través de esa estructura cerrada y Golo sonríe. Con sus ojos sin párpados, Golo llora mientras sus brazos estremecidos estrechan la hirsuta cabeza canina.
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